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La joven Juana de Arco

La joven Juana de Arco

mayo 30, 2019312Views

Santa Juana de Arco, fue una joven francesa que nace en el seno de una familia acomodada y de buena educación cristiana. Ella ganó con su vida la mejor de las batallas. Peleó el buen combate de la fe, y conquistó la vida eterna. Aprendió a abandonarse en el amor de Dios, y dar testimonio de Él ante los demás. Más allá de sus hazañas, más allá de sus dones, más allá de lo que la Historia dice de ella, Juana de Arco ante todo fue una joven que puso empeño en su vida para acercarse al que ella amaba más: Dios mismo.

Nació el 6 de enero de 1412. Eran tiempos en los que Francia se hallaba sumergida en el caos de una guerra terrible: La Guerra de los Cien Años, que duró de 1337 hasta 1453, y que era una disputa por el derecho a ser rey de Francia. En ese momento, los bandos enemigos eran los franceses, bajo la figura del delfín (príncipe heredero) Carlos, y los ingleses, liderados por Enrique VI.

La vida en la región era un completo caos: generaciones enteras habían crecido odiándose entre sí, tomando partido, y cada villa, cada aldea, cada pueblo era visto como otra mera posesión de la corona. La guerra había llenado de odio el seno de Francia. En ese contexto Juana, de trece años, golpeada por la realidad, se refugió en el amor que le habían inculcado, y en ese amor que había aprendido a tender hacia Dios. Se decidió a contribuir por su parte a la defensa de su patria, pero más que nunca, confiando en el Señor. Y aquel verano, su vida cambió.

Estaba en el patio de su casa, cuando oyó que una voz la llamaba desde la iglesia, y una luz deslumbrante aparecía desde allí. Tras varias veces de repetirse el suceso, y tras saltar la tapia y dirigirse al templo, se le apareció san Miguel Arcángel, quien le comenzó a aconsejar mucho sobre su vida personal. Ella entonces comenzó a trabajar con alegría, con fe, dedicando cualquier pequeña molestia a la gloria del Señor. Amable y cándida, empezó a frecuentar la confesión, y a asistir reverentemente a misa todos los días, para comulgar y así recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Juana, una muchacha de diecisiete años, confiaba en sí misma, y en Dios. No se ponía límites a lo que podía lograr con ayuda de Él. Esa confianza ciega, basada en un amor inconmesurable, le adjudicaron una misión que pasó a la historia: dirigir la defensa de Francia, lograr la coronación del delfín Carlos, y liberar a Francia de la guerra con los ingleses. Juana de Arco ahora era una guerrera. Pero a pesar de alcanzar tan alto cargo, seguía siendo una muchacha humilde en su corazón. No sabía leer ni escribir, y amparada en el amor hacia Dios y en sus frecuentes conversaciones con Él y con sus enviados, logró hacer de aquellas fuerzas armadas un ejemplo.

Durante su capitanía, las tropas nunca se presentaban a batalla sin haberse confesado y comulgado. Y así, Juana reconquistó gran parte de Francia. Se le llamó “La Doncella de Orléans”, por la primera ciudad que liberó. Y finalmente, logró la coronación en Reims del delfín, ahora rey Carlos VII, el Bien servido (1429).

Un día, finalmente, fue capturada por los borgoñones tras una fallida batalla, y fue enviada a los ingleses. Al fin, éstos tenían en sus manos a su gran enemiga, pero también un problema: si la mataban así sin más, la transformarían en una mártir (históricamente hablando). Así, decidieron que lo mejor era desacreditarla, y precisamente con aquello que le dañara más: acusándola de herejía. Ella, santa y dócil, ejemplo de mujer cristiana, era acusada de haberse apartado de la fe de Jesucristo.

Los ingleses fueron más lejos: se pusieron de acuerdo con varios curas y obispos franceses, traidores a su patria y corrompidos por las ansias de poder. El juicio contra Juana fue todo menos eclesiástico: fue una farsa para dañar su imagen. Un juicio donde la acusada (considerada menor de edad a pesar de tener diecinueve años) no tenía abogado defensor ni testigos, y donde las actas eran continuamente manipuladas para evitar que se reflejara su inocencia.

Juana no perdió la fe: desesperó muchas veces, pero al final siempre se acercaba de nuevo al amor de Dios. Era la etapa del conflicto: su propia pelea con Dios que le hacía aprender a amarlo más, y a confiar más en Él. Alejada por sus captores de la confesión y la comunión, atada con cadenas e incluso a punto de ser violada varias veces (si bien nunca lo lograron), Juana se refugió en la oración. Dios le daba fuerzas.

Juana estaba siendo juzgada y traicionada por miembros de la Iglesia. Y a pesar de eso, ella nunca dejó de tener fe en Cristo. Y mucho menos pensó en alejarse de la Iglesia. Al final, el juicio terminó, y Juana fue condenada a morir en la hoguera. Logró de sus captores el permiso de confesarse y comulgar antes de morir. Luego, llena de fe y confianza en Dios, subió a la estaca, en la ciudad de Ruán, donde se celebró el juicio. El pueblo quedó impactado ante su fe y su confianza, ante su entereza. No estaba aterrada, no desesperaba, no lloraba ni suplicaba por su vida. La amarraron, y ella le pidió a su confesor tener ante ella un crucifijo en alto para verlo mientras era ejecutada. ¡Ojalá nosotros también contemplásemos el misterio de la Cruz y del amor de Dios al momento de nuestra muerte!

El pueblo se enfurecía. Se daban cuenta del engaño, y los jueces, temerosos, se brincaron el protocolo, y sin leer la sentencia, le prendieron fuego a la leña. Juana, entre las llamas, contemplaba el crucifijo. Incluso ese dolor se lo ofrecía al Señor, y lo aceptaba con gozo. Antes del suplicio, se había arrodillado y rezado, había pedido perdón a los presentes por sus errores, y había perdonado a los que le habían hecho mal. Pidió que rezaran por ella. Y ahora el pueblo, y hasta muchos de los jueces, se arrepentían, y lloraban su muerte, aquel 30 de mayo de 1431. 

Entre las llamas, Juana declaró su fe. Reafirmó su inocencia y su plena confianza en Dios. Y su última frase era solo una palabra. El nombre de su Amado. “¡Jesús!”.Sus cenizas fueron echadas al río Sena por los ingleses, pero su historia se convirtió en leyenda.

Pero Juana de Arco seguía difamada. Al final el papa Calixto III recibió en el Vaticano a Isabelina Romée, esa madre amorosa que había enseñado la fe a su hija. Impresionado por la injusticia del caso y la piedad de la madre, Su Santidad ordenó revisar el juicio, y tas las indagaciones, se descubrió que había sido fraudulento, y se declaró inocente a Juana. Su nombre fue limpiado, y precisamente, el primer pueblo en el que creció más firmemente su devoción fue en Ruán.

Juana de Arco fue una heroína de su patria, pero antes una heroína de su fe y de su vida personal. Como vimos antes, anhelaba estar siempre en gracia de Dios, y decía que nada le apenaría más que saberse excluida de ella. No se quedaba quieta ante las injusticias, y decidió desde muy temprana edad hacerle frente.

Juana también vivió con sencillez y alegría su relación de amor con Dios. Se dejó enamorar por Él. Se preocupó de conocerlo, para amarlo mejor, hablando con Él en sus oraciones, oraciones que culminaron en conversaciones con el Señor.

Sus decisiones las dejaba en las manos del Señor. Sus sueños, sus metas, sus aspiraciones, sus amistades, sus relaciones de familia, todo se lo dedicó a Él. Confió en Él en la adversidad, y a pesar de tener sus conflictos (como en toda relación humana) supo llevar adelante ese amor y asumir un compromiso.

Tal vez nosotros no dirijamos un ejército, pero estamos en medio de las batallas de nuestra vida. Pongamos en nuestra mente el ejemplo de Juanita, de esa joven cuya confianza y constancia se veían movidas por el amor. De esa joven irreductible que confiaba en Dios, y que ganó la mayor de las guerras: la conquista de la santidad.

Tal vez nosotros no seamos quemados vivos en la hoguera, pero muy a menudo somos martirizados por el fuego del rechazo humano, de las dificultades, de las pruebas y de la asechanza de las tentaciones. Como Juana, podemos hacer de esa hoguera una purificación, un paso al Cielo, con nuestros ojos fijos en Cristo Jesús.

Como Juana, nosotros, jóvenes, podemos dejar nuestra huella en la historia, si confiamos en Dios y no renunciamos a nuestros sueños. Y como Juana, nosotros jóvenes, podemos alcanzar la santidad. Porque a Juana no la consumió el fuego de la hoguera. La consumió el fuego del amor de Dios.

Santa Juana de Arco, ruega por nosotros.

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