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Una de muchas historias vividas durante los 100 años de Guías y Scouts

Una de muchas historias vividas durante los 100 años de Guías y Scouts

marzo 10, 20151130Views

Escrito por: Carlota Eugenia Chaves Mora

Fui dirigente de ronda por casualidad, estando en Clan de Rovers hice servicio con las haditas y ahí me quede por 10 años, o sea fui dirigente muy joven, pero al leer lo abajo escrito, por una de mis haditas, no me queda más que agradecer a Dios por lo vivido.

Mi tiempo siendo parte de la familia de Guías y Scouts de Costa Rica.

Dichosamente tengo una madre visionaria y que – a pesar de todas las carencias y cosas duras que sufrió, a pesar de que no tuvo libertad alguna siendo niña ni adolescente – siempre procuró darnos cuerda para crecer, para experimentar. Así fue que desde pequeña ingresé al Movimiento Guía Scout de Costa Rica, a la Unidad 29 de Zapote (creo que ya no existe); conocí personas de mi comunidad y de un poco más allá que – como yo – gustaban de hacer amigos, aprender, conocer, colaborar. Lastimosamente mi memoria me juega muy malas pasadas a veces, pero hay personas que se quedan fijas en ella y en el corazón, por agradecimiento, por admiración, por empatía: entre ellas María de los Ángeles Navarro (y con ella muchos miembros de su familia, porque una cosa que tiene el Movimiento es que contagia y va tomando interés en las personas a las que amamos), su esposo Ricardo, José Semeraro Pastore (qdDg), Rosa María Semeraro Pastore, los Rojas Álvarez (Ana Patricia, Gabriela, Jorge Mario y Jessie) los Díaz, los Sojo Obando, los Leandro: Harold y John (qdDg), … las Chaves Mora.

Ingresé a las Haditas, que creo que ahora no existen, allí aprendí, canté, disfruté, fui a un “acantonamiento” (al menos así recuerdo que se llamaba) a Atenas y recuerdo la osadía que sentía por dormir fuera de mi casa y al aire libre; era una sensación maravillosa (combinación de ansiedad y alegría); era una ilusión muy grande ir cada sábado a compartir con personas que tenían, en esencia y en común, un norte muy claro: Servir; y en el trayecto … conocer, hacer amigos, compartir con la naturaleza, en fin: vivir. Cuando hice la transición de haditas a Guías lloré, sí llore, fue una de mis primeras experiencias relacionadas con dejar atrás algo para tomar algo nuevo, nostalgia, añoranza y a la vez avidez por conocer otras cosas. Fui guía de patrulla y mi madre (tras bastidores, como una integrante anónima del Movimiento) siempre me hizo los banderines (y los uniformes, por cierto) que yo bordé con cariño … Delfines y Castores, no recuerdo el orden pero creo que era ese. Aprendí a jugar “argolla india”, a hacer nudos y amarres, a explorar, a respetar la naturaleza, a superar obstáculos, a creer que podía, a disfrutar la soledad, la lejanía de casa y de la seguridad que ésta implica; compartí fogatas, camporees y otras más actividades con las personas ya mencionadas y en específico con amigos de la talla de Ana Patricia Rojas Álvarez (mi amiga desde hace 37 años) y Rafael Flores Madrigal, algunos de la 29, otros de la 27, la 44, la 141; era una experiencia maravillosa en extremo ascender la ruta a Iztarú.

Recuerdo que la primera vez que subíamos mi hermana y yo – sin conocer la distancia que nos tocaría recorrer – no más empezando nos encontrábamos en el camino a integrantes de los Rovers que venían bajando, entre ellos José Joaquín Navarro y le preguntábamos – a uno sí y a otro también – -“¡¿falta mucho?!”, -“no, a la vuelta, ya casi llegan” … esa era la respuesta eterna, como eterna se hacía también esa vuelta …, hasta que nos topamos a José Semeraro y nos dijo “ya van a llegar” y nosotras (a esas alturas absolutamente incrédulas) le lanzamos una mirada casi hostil y él sonriendo decía “¡de verdad! Ya llegaron.

Sólo caminen un poco más y cuando vean el paisaje se les va a olvidar todo lo sufrido!” Y fue absolutamente cierto, me enamoré del sitio no más al verlo, adoré la vista, amé lo que significaba (nuestra primera conquista). Hecho esto amé también lo que seguía: dividir los espacios, levantar las “cercas” poner la entrada, hacer los hornos de altar, poner el banderín; dormir a la puerta de la tienda, a veces mojadas, casi siempre con frío … por Dios Santísimo que mucha gente no dimensiona la maravilla que eso significa. Cuando fui ya muy grande para seguir siendo Guía; me tocaba como avance natural hacer la transición a la Wak Tsurí (me disculpan si está mal escrito) cuyo sólo nombre me encantaba; me llevaba a otro mundo. Pero no teníamos ese peldaño en la Unidad 29, al menos no en ese momento en que tanto lo necesité; lastimosamente no lo había … de las Guías tocaba entonces pasar a los Rovers; pero en aquél momento había una diferencia de edad abismal con sus integrantes. Un aproximado de cinco años a éstas alturas de mi vida no hacen diferencia; pero en aquél momento eran la distancia entre una “mocosa” inmadura y aquellas personas, casi todas de una misma edad, con una historia común en el Movimiento y con una sólida amistad. Eso marcó el fin de mi paso por el Movimiento, no podía quedarme en las Guías pues ya había cumplido mi cometido allí.  Por falta de muchachas y muchachos de la edad necesaria no había Wak Tsurí y no estaba preparada para ingresar a ese círculo selecto de quienes consiguieron escalar hasta ser Rovers, todos jóvenes, pero con más experiencia, con comportamiento distinto, con gustos disímiles de los míos, maduros e interesantes, pero ajenos a mi realidad de adolescente. No obstante ello, cada vez que pienso en el Movimiento Guia Scout de Costa Rica reconozco que me da mucha ternura, alegría, fortaleza, nostalgia; me remonta a una etapa de mi vida en la que – gracias a mi madre, y sin suponerlo aún – me estaba preparando, estaba forjando mi temple, mi hidalguía, mi valentía para afrontar todas las cosas duras que se me vinieron con los años. Siempre he dicho que el Movimiento fue una suerte de colchón, de amortiguador, que consiguió suavizar los golpes futuros y una especie de escuela que me ofreció las herramientas para salir adelante, que me ayudó a no amargarme y a no rendirme; que me demostró que sí podía, que sí era capaz. Que sí soy capaz. En el Movimiento conocí personas de otros países, con otras costumbres, formas de pensar y de ver la vida y eso me ayudó a ser una persona respetuosa de la diferencia y más que tolerar (que me parece una palabra incompleta aún) me ayudó a comprender, aunque no compartiese, el pensamiento de mis semejantes. Haber sido parte de esa importante experiencia (por visión y apoyo de mi madre, Margarita Mora Riotte) ha sido de las mejores cosas que me han sucedido en la vida. Lo digo sinceramente..

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